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Sueño y realidad

Nos acostamos en el sofá a cabecear, como le decimos Ana y yo a dormirse una siestita de sentados. Dormí profundo y me soñé viajando de pie en un colectivo repleto que me iba a dejar en mi avenida Nazca. En sueños, Nazca es la de mi infancia, mi adolescencia. Pensaba, el colectivo está lleno pero ya me las voy a ingeniar para descender. Luego iría a pasar por el consultorio de mi viejo, en San Blas y Helguera. Mejor no, me dije, tengo dos semanas para estar aquí, ahora camino por Nazca, desciendo hasta la esquina del Ciro Bar. Deperté mucho más tarde que Ana. El presidente Byden ya se había marchado tras su visita. Acordaron con su primer ministro Netanyahu que se permitiría ayuda humanitaria bajo fuego. Que la culpa del misil que mató 500 refugiados en el hospital de Gaza era de los otros. Un colectivo argentino cargado hasta la manija en sueños es un paraíso si una simple solución onírica nos permite escapar de él. La realidad es la pesadilla. 

Una palabra por otra

Tratando de dar continuidad a esto que empecé, me detengo en algunos detalles del posteo anterior. Corrijo estilo, como si el estilo fuese un refugio. Buscando refugio en un hospital de Gaza, más de 500 palestinos murieron por un ataque de misiles. En tanto, yo corrijo estilo. Buscando refugio a su vergúenza y culpa, las IDF echan la culpa de la catástrofe a la Yihad Islámica. Yo, cambio palabras, "horror" por "espanto". Ya todo el mundo había advertido a Israel que la evacuación forzada de gazatíes terminaría en hecatombe. Nada cambia quien fue el responsable hoy. Nada cambia una palabra por otra. No hay refugio.

No hay refugio para el horror

Las entradas que iba planeando para abrir la puerta de este blog se desdibujan ante el espanto de la última noticia: el bombardeo israelí a un hospital de Gaza causó hasta el momento 500 muertos y cientos de heridos. Iba a contar sobre el caos que reina en el refugio antiaéreo que le toca al bloque de viviendas que habito, iba a narrar una discusión con una vecino sobre si hay que dejar o no abierta la puerta del refugio para que no entren los gatos. Iba a hablar del electricista ingeniero que señala con displisencia el tablero de electricidad del edificio y apunta "falta el disyuntor correspondiente al refugio". De llegar en algún momento los misiles desde el Líbano, tendremos un espacio más o menos sucio para refugiar nuestros cuerpos, pero no del horror de las masacres.