Sueño y realidad
Nos acostamos en el sofá a cabecear, como le decimos Ana y yo a dormirse una siestita de sentados. Dormí profundo y me soñé viajando de pie en un colectivo repleto que me iba a dejar en mi avenida Nazca. En sueños, Nazca es la de mi infancia, mi adolescencia. Pensaba, el colectivo está lleno pero ya me las voy a ingeniar para descender. Luego iría a pasar por el consultorio de mi viejo, en San Blas y Helguera. Mejor no, me dije, tengo dos semanas para estar aquí, ahora camino por Nazca, desciendo hasta la esquina del Ciro Bar. Deperté mucho más tarde que Ana. El presidente Byden ya se había marchado tras su visita. Acordaron con su primer ministro Netanyahu que se permitiría ayuda humanitaria bajo fuego. Que la culpa del misil que mató 500 refugiados en el hospital de Gaza era de los otros. Un colectivo argentino cargado hasta la manija en sueños es un paraíso si una simple solución onírica nos permite escapar de él. La realidad es la pesadilla.
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